De un tiempo a esta parte, ha florecido en Cataluña un género literario que amenaza la hegemonía del ensayo guerracivilista e incluso la zafra de Buenafuente. El fantasma que anda recorriendo las librerías no es otro que la cantarela de esos pulcros narradores que, cuando la agenda les da un respiro, se dedican a la cosa pública. Llevo toda la mañana cabalgando en la ruedecilla de mi apartamento y preguntándome qué fue antes para esta pletórica generación de prosistas, si la política o la literatura. No he hallado pelos ni rastros de pólvora, pero a fe que en las estanterías de google daré con alguna pista que despeje la incógnita. Cualquier explicación, por torpe que sea, resultará más edificante que mi envenenada sospecha, esto es, que el Parlamento catalán es un congreso ordinario de escritores, un pen house con ínfulas. Vean, por ejemplo, la homérica antología de Joan Ridao:
El pla B, Així es va fer l’Estatut, Retalls de societat, Baixant la persiana, Les coalicions polítiques a Catalunya (1980-2006), Les contradiccions del catalanisme i altres qüestions del laberint nacional… El locuaz puigcercosista, por descontado, no es el único servidor del pueblo que ha sucumbido al hechizo de la literatura (que tanto recuerda, en algunos vestigios, al auge del diseni). Acaso Ridao sea el pleonasmo del ejemplo a seguir, pero a su vera, y con idéntica gravedad estilística, se alzan Ernest Benach
(Paraules del president Ernest Benach), Josep Lluís Carod-Rovira
(El futur a les mans, 2014), Uriel Bertran
(Montenegro sí, Catalunya també) o Maria Mercè Roca
(Coses que fan que la vida valgui la pena). Justo es admitir, en fin, que la cantera de ERC, ese impagable vergel de filólogos, ha dado a las letras nacionales una ristra de firmes candidatos a la falç d’or. Tanto como que en Cataluña, que es tierra de acogida (¡ya no digamos su Parlamento!), no se exige el carné de filólogo para gritar, en negro sobre blanco, “Desitjo que t’agradi”. Lo atestiguan las voces de Josep Sánchez Llibre
(Les veritats de l’Estatut); David Madí
(Democràcia a sang freda) o Francesc Homs (
Catalunya a judici). También los rapsodas socialistas han legado a la humanidad unas gotas de esa flor inmarcesible que es la letra impresa. Ahí va el gràcil Miquel Iceta con su
Catalanisme federalista bajo el brazo. Cuando el boom catalán estalló (con su realismo mágico, su política-ficción y sus imponentes
afirmaciones), abrigué la débil esperanza (siquiera un hilillo de plastilina) de que la disidencia no se empacharía de rimas altisonantes. Vana ilusión. Cuando la riña es estrictamente lírica, no faltan stripers que enseñen el
oxímoron. Las huelgas de maleteros, los cortes de energía eléctrica, el desplome del sistema educativo, el atraso de las infraestructuras y el griterío de mi calle no constituyen, en realidad, ningún problema gramatical. Después de todo, en Cataluña siempre acaba por llover. Y sabe Dios que la lluvia es el único remedio para que el artista recobre la inspiración. Sobre todo cuando llueve sobre mojado y el artista es un perfecto adolescente.