Tiempo de heroesmegos (II)
Un día llegó Javier Llarch llorando y le preguntamos qué le pasaba. Se ha muerto mi abuelo, nos dijo. Al cabo de una semana, Javier Llarch llegó otra vez llorando. Castells fue diciendo que esta vez lloraba porque se le había muerto su abuela. De tristeza, decía Castells. Luego Llarch dijo que no, que lo que pasaba era que su padre estaba en paro. Increíblemente, y a pesar de todas las mentiras que decía Castells, nos seguimos fiando de él hasta el último atardecer de la EGB. Todo lo que salía de su boca, incluso aquello de que conocía a Maradona, fue perfectamente creíble. Castells, hay que decirlo todo, era el más fuerte de la clase.
Lo de que el padre de Llarch estaba en paro se debatió en la asamblea de los viernes para que todos nos diéramos cuenta de que era una situación difícil y que, ante eso, no había más remedio que ayudar a Llarch. ¿Cómo?, preguntó Jordi Mases. Y el Ventura respondió: “Por ejemplo, no riéndose de él”. Alguien exigió algo más concreto.
Durante la asamblea, supimos que de los treinta y cinco que éramos en clase, doce tenían al padre en paro. Escolá dijo que no era lo mismo estar en paro que no dar golpe, que de ésos en clase también había muchos. Escolá, hay que decirlo todo, era un intelectual.
Las asambleas eran formidables. Había un orden del día. El orden del día lo escribía el Ventura en la pizarra. Y Benito decía que si de verdad había libertad, él también tenía derecho a escribir algo. Siempre escribía “rojos”, “el problema de los rojos”, “los hijos de puta de los rojos” y cosas así. Yo no sé cómo Ventura no le daba una hostia. Sobre todo teniendo en cuenta que Ventura no era hippy y, por lo tanto, podía hacerlo. Es posible que Ventura le tuviera miedo al padre de Benito. Yo también le habría tenido miedo al padre de Benito. El padre de Benito llamó a su hijo mayor Onésimo por Onésimo Redondo. A su hija Eva la llamó así por Eva Braun. Al último, al más pequeño, le llamó Benito.

5 comentarios:
El último atardecer de la EGB fue en junio del 85. Todavía había descampados a las espaldas del colegio y la tropa aprovechaba para fumar a escondidas y ver revistas porno. A mi lo primero me parecía una gilipollez y lo segundo una infamia. Por suerte, mi padre tenía un armario lleno de Intervius y Libs en casa, con lo que mi acceso a la pornografía era accesible y cómodo. Las pajas grupales y a la intemperie nunca me sedujeron. Había un aire de impostura que sin ser capaz de concretar con palabras si podía intuir. Fue entonces que me alejé de mis primeros amigos. Allí se quedaron, en el descampado. Matándose a pajas y fumando. Al principio me sentí extraño y distinto pero poco a poco fui cruzando las fronteras del barrio. Me hice con una bici y empecé a saborear el frenesí liberador del paseante solitario. La ciudad se me presentó entre bambalinas. Cambié el espíritu gregario por la aventura individual. Y pronto, sin darme cuenta, comencé a ir solo al cine, a la playa, a todas partes. Cuando quise volver ya no quedaban descampados junto al colegio. Al otro lado de la avenida, el anochecer sigue su curso.
viejo Casale
Los del bachillerato no llegamos a vivir las asambleas. Había delegado, eso si, pero llegar a asamblea era impensable, ¡reuniones de más de tres! Como mucho el delegado hacía de interlocutor con el profesorado, pero poca cosa que siempre era el más empollón y el que no quería problemas. Años predemocráticos, ya sabe usted.
¿Por Benito Mussolini?
Veva
Benito Kamelas.
viejo Casale
Algo así como en la película La vida es bella, en donde el jefe de Guido (R.Benigni) tiene dos hijos llamados Adolfo y Benito. Supongo que de haber tenido un tercero se hubiese llamado Paco.
Yo fuí delegado de clase en 2º de B.U.P. y no era de los empollones. Entre mis logros, conseguir que la visita cultural de clase de latín fuese a unas ruinas romanas en Formentera a final de curso en vez de ir a las de Ibiza en invierno. Resultado, un día de borrachera en las playas de la pitiusa menor. Borrachera a la que incluso algún maestro se apuntó.
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