Tiempo de heroesmegos (V)
A quinientos metros del colegio, montaña arriba, estaba el centro fonoaudiológico, el fono. Trescientos sordomudos. Los que jugábamos a fútbol sala en la liga externa utilizábamos la pista del fono porque nuestro cole sólo tenía pista de baloncesto, así que conocíamos a algunos de esos sordomudos, como el Sandro o el Maquei. Lo que más acojonaba de esos tipos era su fuerza. Tenían la misma edad que nosotros pero una fuerza enorme porque, según el Ventura, tenían problemas para controlar sus impulsos. La verdad es que lo de aquellos chavales no era sólo un asunto de sordomudez. El retraso de algunos de ellos era de subnormal, de mongo. Yo creo que al centro había que ponerle un nombre y le pusieron fonoaudiológico pero allí había de todo: mongos, sordomudos y subnormales. Luego el Ventura nos dijo que había que tratarlos con cariño porque además de sordomudos eran chavales que no habían conocido el cariño. La verdad es que eran como monstruos. Cuando te cruzabas con uno, nunca sabías si te iba a dar un guantazo o te iba a dar una palmadita en la espalda o a robarte el bocadillo. La palmadita siempre era peor que el guantazo. Quizás el guantazo fuese en verdad una palmadita en la cara. Yo era muy amigo del Sandro, y nos dábamos un abrazo cada vez que nos veíamos. Le tenía mucho aprecio aunque sus abrazos me crujiesen la espalda. Lo de los mongos, en fin, era un tema complicado. El caso es que los días que teníamos partido, a los demás equipos los animaban las chicas de la clase, los padres o algunos alumnos. A nosotros nos animaban el Sandro y cinco subnormales más. Durante un tiempo, no supimos qué gritaban exactamente. Lo que estaba claro es que no era el nombre del equipo, que era el mismo que el nombre del colegio. El Juanan, que hacía de lateral y los tenía a todos bastante cerca, nos juró que gritaban “chocolate, chocolate”. Y el Juanan no tenía suficiente imaginación para decir cosas tan raras, así que no tuvimos más remedio que creerle. Cuando jugábamos en casa acostumbrábamos a ganar por goleada. Un día que no estuvieron ellos, perdimos 0-1 y fue una derrota muy triste porque si hubiéramos ganado habríamos sido campeones matemáticos a falta de quince jornadas para el fin del campeonato. Castells dijo entonces que habíamos perdido por los subnormales, porque los subnormales no habían venido a animarnos. Yo le dije que no, que éramos muy superiores a todos los rivales como para que los subnormales tuviesen algo que ver. Benito, por si acaso, se acercó una tarde al fono y les dijo: “El próximo día que juguemos, chocolate y chocolate. ¿Está claro?”. Cuando regresó al cole y nos lo contó, Castells le dijo: “Pero Beni, si son sordomudos, ¿cómo coño les has hablado?”. Y el Beni: “En español, no te jode, sólo que más fuerte”. Al partido siguiente, volvieron a la barandilla. Y el Beni siguió hablándoles así, en español fuerte, hasta que les perdió de vista, aquel sábado de 1983 en que nos proclamamos, nuevamente, campeones de la liga Montjuïc-Poble Sec-Zona Franca. Ese día sí fueron a vernos todos nuestros padres, los profes y un montón de gente del cole. La ocasión lo merecía, ya que llevábamos ganadas tres ligas consecutivas y la copa pasaba a pertenecernos, como en los mundiales. Bueno, la verdad es que la copa le pasaba a pertenecer al colegio. Para nosotros había medallas. Y entonces a mí se me ocurrió que se las podríamos dar a los subnormales. Un detallazo de verdadero campeón. Castells dijo que estaba de acuerdo. Y él mismo, que sabía hablar en público, lo anunció desde el centro de la pista: “Y estas medallas queremos que sean para estos subnormales que siempre nos han apoyado”. Yo le di mi medalla al Sandro y la verdad es que me emocioné. No por la medalla y los aplausos, sino por el abrazo, por ese abrazo que sabía que era el último que me crujiría la espalda.

7 comentarios:
Crean adicción estos capítulos.
En Valencia, el colegio de sordos está junto al cementerio, en la frontera sur que limita la ciudad con el nuevo cauce del río. Lo sé por mi hermano, que es uno de ellos. Hoy, sin ir más lejos, celebran una fiesta de antiguos alumnos.
Los sordos son una nación desconfiada. Carecen de tacto social y se pasan el día intrigando entre ellos y contra todo. De ahí esa aparente agresividad que es sólo un refugio de quien se sabe, injustamente además, en clara desventaja. Nada peor que ser sordo en un mundo dominado por oyentes. Imagino que por eso quiero más a mi hermano que a nadie.
viejo Casale
Pensaba en ti, querido Casale, cuando leía lo de hoy de José María.
Una, cuando entra a este blog, viene ya a leer a José María y a leerte a ti.
Vaya dos patas pa un banco de puta madre.
Un fuerte abrazo.
Verónica
off-topic o no
Si me permites una recomendación musical.
"Enero en la playa" de Facto Delafé.
R.
Genial esta V entrega.
Sencillamente genial.
“En español, no te jode, sólo que más fuerte”. Evidente amigo, cuando el de enfrente es sordo hay que gritar para hacerse oir. Y eso vale para todo tipo de sorderas, que en la vida nos encontramos otras sorderas peores que no son las físiológicas.
Me tienen enganchado sus vivencias de heroesmegos. Un gustazo.
Enrique
Genial De Paco. Si además lograra enterarme de qué son los heroesmegos esto ya sería la polla.
Veva
Si pudiera les contaría la historia de los cuatro sordomudos que fueron a juicio (bueno el acusado era uno, el mayor, presidente de una asociación) por conducir borracho. Si pudiera les contaría como los policías sospechaban que no eran sordomudos, sino cachondos hijoputas que se reían de ellos. Les contaría la resistencia del acusado a mentir en el juicio y la extraña traducción de la intérprete jurado, que convirtió un "vino español" en refrescos. Quizás un día con más calma me invente una historia (falsa, falsa ...) sobre una fiesta salvaje de sordomudos, un coche en dirección contraria y una mediana, en, por ejemplo, algún pueblo de la sierra.
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