sábado, 22 de diciembre de 2007

Tiempo de heroesmegos (VII)

El viernes que Salvadó se lesionó no vi el 1-2-3. Salvadó era mejor extremo que yo; él era el titular y yo vivía a su sombra. Si se dolía, salía yo. Si gemía, salía yo. Ahora, con Salvadó lastimado, al día siguiente yo sería el titular y estaba preocupado: había estúpidos que no pasarían por alto un error mío. Por eso no vi el 1-2-3. Para mi sorpresa, no me fue mal. Sin la presencia de Salvadó, sin su mirada capulla, jugué mi mejor fútbol. Era menos rápido que él, era menos que él en casi todo, pero el fútbol, al cabo, siempre te reserva un lance. A mí el fútbol me reservó el contraataque: Marín la recuperaba a machetazos y yo doblaba en zigzag por la izquierda. Aquel día en que faltó Salvadó las cosas me salieron tan bien que se planteó un debate: ¿Salvadó o Jose? Para mí no había color; el titular debía ser Salvadó. Él jugaba como yo quería jugar: flirteando, amagando, quiebro que te va, cómetela, me voy, vuelvo, engatillo… El extremo, en fin, era él. Yo era de otra pasta. Digamos que mi principal virtud era que sabía desdoblarme en espectador. A mí ningún padre tenía que decirme “aquí”, “allá”: veía los desmarques tres segundos antes que ellos. Por eso no me criticaban a pesar de mis carencias. Carencias, digo, y mucho habría que hablar. Hubo un día en que jugamos contra el Verdaguer y le piqué a Castells un desmarque. Llovía. Una cancha de charcos. Castells fingió un chute y me la puso en largo. El defensa salió a barrerme y se tragó la escoba. Luego vino el gordo del portero, que fue con todo. El gordo patinó y me vi fuera de su alcance, trotando en el agua. Llegado a la portería, la empujé con los ojos cerrados, salpicados por la lluvia. El gol más bonito de mi vida no lo vi.
Cuando Salvadó se repuso, él fue el titular. Sin embargo, ya no fue el mismo. A cada traspié, miraba hacia el banquillo preocupado. Él, que nunca intentó recuperar una bola, empezó a chocar contra todas las defensas. No importaba que fuéramos ganando por goleada: apretaba la mandíbula y se creía yo qué sé. Al poco lo quitaron: para apretar la mandíbula no hacía falta un genio.

La cancha de baloncesto. Nadie sabía por qué, pero en el patio en lugar de cancha de fútbol teníamos cancha de baloncesto (por eso jugábamos en el fonoaudiológico). De hecho, todos los colegios a los que íbamos a jugar tenían cancha de baloncesto. Todos salvo los colegios de quillos, que tenían cancha de fútbol. Un día vi a un entrenador de baloncesto en la tele. Decía que el baloncesto tenía que promocionarse más en los colegios, que había que poner más canastas. Nosotros utilizábamos las canastas para jugar al palo. El palo consistía en jugar al fútbol pero en lugar de con porterías, con el palo de la canasta. Ganaba el equipo que más veces acertaba. El palo admitía el uno contra uno. Dos jugadores, uno contra otro, chutando desde el fondo de la pista al palo contrario. Gracias al palo, en nuestro colegio sobresalieron estupendos lanzadores de falta, tipos como Juanan o como Sanginés, que te clavaban una escuadra casi sin querer. Eso fue todo lo que aportó el baloncesto. Bueno, eso y un poco de confusión. Hubo quien, como mi amigo Daniel Blanco, siguió chutando al palo cuando, alguna que otra vez, nos ponían porterías reglamentarias de esas de quita y pon. “Es mejor un buen poste que un buen gol”, decía. Otra cosa que decía: “Sólo me interesan el fútbol y los estudios. Bueno, y mi padre y el Partido Comunista. Cualquier día viviremos todos en una comuna".
El único que jugaba al baloncesto era Viader, un tallo de metro noventa que se pasaba las horas de patio tirando a la cesta con una pelota de fútbol. Más de una vez le dijimos que si quería jugar a fútbol. Siempre nos dijo que no, que el fútbol era una mierda. Un día, después de haber visto por televisión el torneo de Navidad, le dije a Viader que a mí el baloncesto me gustaba un poco y que Corbalán era una buena persona. Me respondió que Corbalán era un patán con cabeza de buque y que, en general, el Madrid le daba bastante asco. Yo me ofendí por aquel tono de gilipollas y le dije que me importaba una mierda lo que pensara del Madrid, que si hablaba con él era porque me daba lástima.

Tiempo de heroesmegos (I) (II) (III) (IV) (V) (VI) (VII)

3 comentarios:

viejo Casale dijo...

Yo fui a dos colegios distintos en EGB. En el primero el basket era cosa de maricones, sin más. En el segundo, por contra, el basket era el deporte rey y el fútbol cosa de pijos. Fui feliz en los dos. Aunque en el primero gocé de más prestigio en el patio. Era el Saporta de la clase. En tercero, con sólo 8 años, organicé una liga de dos equipos que duró hasta que me fui del colegio, en sexto. En quinto organicé una rifa y compramos medallas y copa. Todo al margen del colegio y los propios profesores. Incluso el resto de clases y cursos nos veían con extrañeza pero también con envidia: teníamos una organización insólita: una liga de dos equipos que no se corrompía ni alteraba. Los partidos duraban todo el día. Es decir, los 3 recreos. Al final de cada jornada apuntábamos el resultado en un tablón que había en el panel de la clase. La liga acababa en mayo y salvo un año en que mi equipo barrió, la igualdad era máxima y sólo en la última semana se decidía el título. Esa semana era de una tensión extrema en clase. Y no era extraño que en mitad del aula se montaran trifulcas espectaculares como el día en que Manrique se lió a hostias con David Suero o yo mismo con Juan Luis Verdeguer, que por otra parte y sin liga por medio, era muy amigo mío. Lo teníamos todo calculado y cuando llegaba uno nuevo o un repetidor nos reuníamos los capitanes y decidíamos en cual de los dos equipos de la clase jugaría. Era un derby en toda regla. Mi equipo se llamaba Gluglucitos y el otro Panteras. Gluglucitos era un equipo más sólido, aguerrido y organizado. Panteras, por contra, era genialoide y anárquico. Tenía mejores individualidades pero se dispersaban más.

El palmarés quedó así:
3º Panteras
4º Gluglucitos
5º Panteras
6º Gluglucitos

Yo siempre fui un jugador maduro. Como iba al fútbol desde los 2 años me imaginaba en el barro como si estuviera en Mestalla. Jugaba de medio centro o de defensa libre. Y tenía muy buena zurda. Era lento en carrera pero muy agresivo y jamás perdía la posición. Los entrenadores me querían más que mis compañeros que se dejaban llevar por la demagogia de los extremos rápidos y el delantero centro. En 4 años federado sólo metí dos goles. Y de penalty. Y sólo porque nuestro delantero centro, que acabó jugando en el Castellón, falló por lesión dos partidos. Los sábados jugábamos la liga de verdad en el campeonato del torneo de los niños de San Vicente pero extrañamente yo siempre me tomé mucho más en serio el derby arrabalero y alocado de los recreos: ese excéntrico y añorado Gluglucitos-Panteras.

Emilio Corbacho dijo...

Es el problema de muchos futbolistas. Bueno, mas que de los jugadores, es problema de los entrenadores. ¿Porqué hay que pedirle a De La Peña que defienda?. ¿Acaso Ito por ejemplo daba las asistencias que da el calvo?. Cuando a un jugador se le pide que haga algo para lo que no está preparado, acaba haciendo mal lo que si sabe hacer.

En mi cole, antiguo colegio religioso, tampoco había campo de fútbol sala. Bueno, si que lo había, pero solo se podía jugar a balonmano. También había campo de basket, así que en deporte solo se podía jugar a uno de estos dos deportes. Como por aquel entonces aun no había pegado el estirón, tuve que coger balonmano, el cual nunca se me dio bien. El fútbol quedaba reservado para el equipo en el que jugaba fuera de mis horas de estudio.

Birra dijo...

Hombre De Paco, voy a tener algo para alardear con usted; mi infancia deportiva siempre fué sobresaliente, de nota en las cartillas y de figura en los patios. Tenía una habilidad especial y se me daban bien todos los deportes, especialmente el fútbol y el balonmano, menos el basquet, más que nada por la altura, pero también estaba en el cinco titular.

A diferencia de la organización que comenta el viejo casale, en "mi cole" se organizaban ligas interclases, éramos cinco clases por curso, y daba mucho de si. Era un colegio religioso, como el de emilio corbacho, pero con varios campos de basquet y fútbol sala-balonmano.

Lamentablemente, mi carrera deportiva se truncó de golpe, precisamente jugando a fútbol, por un balonazo en la cara que me provocó un desprendimiento de retina. La lesión se saldó con un mes tendido en cama sin moverme con los ojos tapados y un año con gafas oscuras. Mi retorno ya no fue lo mismo, un año más tarde el riesgo a reproducir la lesión hizo que abandonara todo esfuerzo virulento. Tenía quince años.

Como no hay mal que por bien no venga. Esta lesión hizo que me librara de la mili, que en aquel entonces era obligatoria.

Algún día De Paco, tendrá que contarnos también sus experiencias militares.

E.