Tiempo de heroesmegos (XIII)
A mí me castigaron una vez por pelearme en el comedor con el Vicente Fonollosa. Bueno, no fue pelea-pelea. El Vicen me tiró una patata frita, yo le tiré un guisante así como muy flojo y nos enviaron a dirección. Las cosas se habían puesto muy duras en el comedor desde la circular de la disciplina, que casi te prohibía respirar. Las circulares que nos repartían eran un asunto curioso. La circular anterior a la de la disciplina, por ejemplo, llegaba a decir que en el comedor debía reinar un ambiente de solidaridad y que todo el mundo debía disfrutar del placer de conversar. Lo que importaba, más o menos, era que la comida fuera de lo más ameno y divertido. Bueno, pues tras aquella instrucción los platos de lentejas empezaron a volar por la ventana, los gargajos en el vaso de agua fueron bastante corrientes y conversar, lo que se dice conversar, nadie conversaba demasiado. A lo más que se llegaba era a cantar la puta de la cabra. A mí de la puta de la cabra me gustaba lo de qué es aquello que reluce en lo alto del castillo son los huevos de mahoma que le están sacando brillo. Con aquella circular de lo divertido, el comedor se fue llenando de serrín y cabezas de gamba. Cabezas de gamba no había pero como si hubiese. Un día asaltamos la cocina, nos llevamos una bandeja de pollos y la tiramos por la ventana. Sin contemplaciones. Entonces vino la circular de la disciplina, la del guisante. Nadie podía hablar con el de al lado y todo tenía que pedirse a lo fifí, en plan por favor serías tan amable de pasarme el pan y cosas que hasta daba vergüenza decirlas. La verdad es que los que escribían las circulares tenían bastantes problemas para observar el mundo, para actuar con naturalidad. A mí por la agresión del guisante me llevaron a dirección, ya lo he dicho, y me impusieron un castigo de un día sin comer en la escuela. Los muy capullos no se dieron cuenta de que no me castigaban a mí, sino a mi madre, que en aquellos días trabajaba en un hospital todo el día y tuvo que dejar el trabajo para recogerme y llevarme a comer. Mi madre dijo que no se lo podía permitir, que hacía poco que estaba en el hospital y que no podía estar dos horas fuera por un guisante y que mi abuela aquel día no podía hacerse cargo de mí. Le dijeron que lo del guisante quizás no tuviera mucha importancia, pero que el guisante era un símbolo.
Mi madre me llevó a comer a un restaurante del barrio de Gracia que se llama Bilbao. Los mejores macarrones de mi vida. Y lo mejor, mejor incluso que los macarrones, fue conocer el barrio de Gracia, esas callejas que desembocan en plazas con el tamaño justo de un campo de fútbol sala. A la salida del Bilbao (¡cómo me gustó ese nombre!) mi madre se encontró con una amiga y estuvieron hablando de esto, de aquello, de si mis notas, de si tenía cara de buen chico. Una tía muy pesada, aquella amiga de mi madre. Sobre todo cuando se puso a contar lo bonita que era Gracia, lo amable que era la gente en Gracia, y que si Gracia en el fondo no tenía que ver con nada, que era diferente a cualquier barrio de Barcelona. Diferente quería decir mejor. Mejor en calles, en personas, en tiendas... A aquella chiflada sólo le faltaban un himno y un ejército. Los de la Barceloneta también teníamos una gran opinión de nosotros mismos. Pero lo que teníamos, sobre todo, era una inclinación natural a retar al mal tiempo y un extraño bamboleo al caminar.
3 comentarios:
Siempre tiene suerte Vd. con los restaurantes.Incluso de niño.
Fantástica la canción de la cabra. Qué envidia, José María, mi colegio no tenía comedor y me tenía que joder e ir cada mediodía a comer a casa. Al menos sí que teníamos gitanos alrededor, maricones que no les gustaba el fútbol y chicas sin mote. Y algo más (aquí te vas a joder tú): teníamos no uno, sino dos campos de fútbol.
Felicitaciones por el blog. Y, sobre todo, por tiempo de heroesmegos. De aquí tiene que salir un libro. Un abrazo, Javier
Hombre, De Pac, no tenía mal gusto su madre para la comida.
Yo que trabajé unos cuantos años en los "Jardinets del Paseo de Gracia", era reconocido como el mejor de la zona; por lo menos para el menú del mediodía. Y también tenía buena fama a la carta.
E.
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