-Degenerado.
-Parece que gana Zapatero.
-Degenerado.
Tiempo de heroesmegos (XVI)
-Te vas.
-Sí.
-Bueno.
-Que vaya bien.
Eso es todo lo que nos dijimos a la salida del colegio.
El día más feliz de mi vida fue ese mismo. Irene se iba, sí, pero yo tuve la oportunidad de deslumbrarla por última vez. En el fondo, yo a Irene le gustaba un mazo. Ese día, a la hora del patio, me disfracé de jugador del Real Madrid y bordé el fútbol dándome un aire a Juanito, poniendo ese morro afilado y chulo que tenía el 7. Irene se fijó más en mí que en Castells o o en Miquel. No era de extrañar: conduje el balón como nunca, me fui de todo el mundo y disparé contra el larguero. El larguero tembló menos que yo. Ese día, no sé por qué, había música en el patio. Una de las canciones que sonó fue Ligados, del gran Dyango. Camino despacio a tu lado…Y de pronto me convertí en Juanito y el Bernabéu rugió como rugen los aviones y por un momento estuve convencido de que Irene Miranda no se iría, que se quedaría conmigo.
Dyango me gustaba mucho. El primer concierto que vi en mi vida fue un concierto de Dyango en el parque de atracciones de Montjuïc. Allí solían celebrarse conciertos al aire libre, a eso de las siete de la tarde. Eran conciertos como bastante quillacos. En el de Dyango escuché por primera vez Nostalgias, que luego resultó ser un tango. Lo mejor de Dyango era el sudor. Ahora los cantantes sudan poco. Dyango sudaba un montón, sobre todo al llegar al trozo que decía: “Herrmaaaaaaano, yo no quiero rebajarme, ni pedirle, ni llorarle…”.
Luego de Dyango vendría la salsa. Mi padre, que era representante, nos traía de sus viajes a Panamá, República Dominicana, Venezuela, Puerto Rico y otro países bailongos cientos de discos de salsa. La noche más rara de mi vida fue un ir y venir por el disco de Rubén Blades Metiendo mano. Mi padre se fijó en que yo siempre andaba tarareando Pablo Pueblo, que habla de un obrero que no tenía un duro, de su familia hambrienta, de las falsas promesas de los gobernantes. Una canción muy bonita. Creo que Rubén Blades todavía estaba con Willie Colon. No importa. El caso es que mi padre me preguntó si entendía algo de lo que cantaba y le dije que sí, que algo creía entender. No tuvo suficiente con ese “algo”: se empeñó en explicarme la canción parando el disco cuarenta veces para que captara el mensaje. Fue la primera vez que oí hablar de que había canciones con mensaje y canciones sin mensaje. Lo de Pueblo, me dijo mi padre, no era el apellido real del personaje, sino una forma de personificar la miseria de la ciudadanía panameña. Pueblo era un símbolo, como el guisante que le tiré a Vicente Fonollosa. Llevaran o no llevaran mensaje, todas las canciones de Blades contaban una historia y tenían el don de la velocidad. Blades tuvo un fenomenal imitador en Gato Pérez, que también explicaba cosas a gran velocidad. En mi lista de favoritos, a Ruben Blades le seguía la Sonora Ponceña. En 1986, mi padre me llevó a ver a la Sonora al Pueblo Español. Me llevé el New Heights para que lo firmaran y Pappo Luca dejó en la portada su garabato imperial. Mi adolescencia comenzó más o menos esa noche, en el Pueblo Español. Todavía recuerdo lo que dijo mi padre al entrar en el recinto: “¡Coño! ¿Y las butacas?”. La adolescencia. Con la adolescencia vendrían noches bastante más raras que aquélla.
Ver Tiempo de heroesmegos (I) (II) (III) (IV) (V) (VI) (VII) (VIII) (IX) (X) (XI) (XII) (XIII) (XIV) (XV)

2 comentarios:
Otra vez: Merda de país petit!
"Pueblo era un símbolo, como el guisante que le tiré a Vicente Fonollosa."
ja,ja,ja.
Dejemos el análisis de las elecciones para cuando a De Paco se le pase el cabreo. No hurguemos en la herida.
Veva
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