domingo, 27 de abril de 2008

Tiempo de heroesmegos (XX)

En aquel tiempo de reyertas y heroesmegos el gran deporte del cole era el voleibol. Una vez al mes, más o menos, llegaba un equipo de otro cole para batirse con el del nuestro y entonces nos daba un hervor guerrero. El director dudaba pero al final, en un gesto muy ensayado, suspendía las clases y levantaba los castigos y nos invitaba a todos a ver el partido como si en lugar del viejo Ramírez fuese un comandante de Evasión o victoria. Nuestros campeones, la Quinta del Wichi, se movían como sombras y guardaban trallazos que dejaban el patio como una peli de vaqueros, con un rival caído y una bola de tamo calle abajo. Después del punto llegaba una ovación yugoslava y el resto era cosa de Wichi, que desde el fondo de la pista empezaba a sacar y sacar hasta que se le dormía el brazo. Honor y gloria a quienes lograban anticiparse al cemento y parar el saque de Wichi, que en realidad se llamaba José María López López. Honor y gloria porque lo cierto es que nadie quería estar ahí, aguardando como focas a un tiburón medio loco. El voleibol era un deporte de titanes que, curiosamente, no rechazaba a las tías, que de voleibolistas siempre estaban como más buenas. En el voleibol había sitio hasta para los maleantes y los vagos, que tenían bastante con rotar. Un día, un caído de otro cole se levantó del suelo, saltó con los brazos en alto y paró el segundo remate. Desde entonces, el director no suspendió una sola clase para ver el voleibol. Al dejar el cole, Wichi empezó a trabajar en un almacén de bata azul.
En el cole se discutía mucho de borrachos y el insulto que más corría de padre en padre era ése, borracho. Yo siempre deseé que mi padre lo fuera, como lo eran mi tío y mi abuelo en aquel tiempo de reyertas y heroesmegos.